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Mascotas nobles y dueños incívicos


Desde hace bastante tiempo, pero sobre todo en los últimos años, asistimos a una extraordinaria proliferación de mascotas de diverso tipo, en particular perros y perras. Nada tengo yo, en principio, en contra de tal realidad, máxime cuando a tales se les tiene por “los mejores amigos del ser humano”.  A veces asisto a tiernas escenas de amor entre dichos animales y sus respectivos dueños y dueñas. Escenas que, sin  exagerar, nada difieren del cariño que unos padres pueden tener por sus hijos e hijas. Para colmo, ahora, con el frío invernal, se les ve bien  abrigaditas  las mascotas con  toda suerte de prendas de vestir de variados materiales y diseños. Las tiendas dedicadas a tales animales y a sus accesorios también se han expandido por doquier, las estanterías de las grandes superficies se han colmado de alimentos y “delicatesen” y los veterinarios/as deben de estar la mar de contentos por el incremento de sus ganancias.

 

Nada en contra repito, salvo la tremenda paradoja de observar el desprecio, a veces, o la indiferencia, las más, con que sus propietarios se relacionan con los pobres que piden por las calles, o con otros vendedores ambulantes de diversas razas y credos que intentan subsistir, bastante mal por cierto, a la tremenda crisis económica actual. También choca bastante la proliferación de tales animales y del feroz consumo de consolas, electrodomésticos, móviles, etc.etc. y el penoso estado de nuestra natalidad. Da que pensar, ¿no creen?, sobre todo, cuando, pasada la novelería de los primeros meses, van creciendo, van generando problemas en las reducidas viviendas actuales, y acaban muchas de ellas abandonadas en plena calle, carretera o camino.

 

Mención aparte merece la absoluta falta de civismo del que además hacen gala la mayoría de sus amos y amas. Las calles, plazas, parques, esquinas, ruedas de vehículos, buzones de prensa y de correos, farolas...están invadidas de excrementos y orines de tan gentiles y nobles animales. Pese a los esfuerzos de algunos ayuntamientos por poner contenedores y cepillos con recogedores, muchos no los utilizan. La solución para los orines no se plantea. Conozco porteros de edificios que deben fregar con lejía los pilares y esquinas de los mismos. Una auténtica vergüenza, otra más de nuestra incívica vecindad. En países, como Holanda, me cuentan que las multas son ejemplares por tales actos y que esas necesidades se hacen en sus casas o en recintos apropiados. Los árboles sufren, las plantas se secan y los olores proliferan y atraen insectos. Se da la paradoja de que una persona, acuciada por una extrema necesidad y, con recato y en lugar discreto, puede ser multada por orinar en la calle y las mascotas no y sus dueños y dueñas tampoco. Piénsenlo.

 

JOSÉ MAN UEL ONIEVA

 
 

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